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Las economías periféricas que han surgido a raíz de las actividades populares de arte y cultura tienen efectos económicos que se hacen sentir a nivel local y transnacional. Los lugares donde se realizan espectáculos en vivo (como en teatros grandes o festivales de verano) también sirven como la base de una economía de servicios que brinda al público artículos (playeras), comida (elotes y paletas) y servicios (teléfonos celulares y tarjetas telefónicas). Lo mismo se puede decir con respecto a las iglesias, algunas organizaciones sin fines de lucro y centros de enseñanza en los que se realizan actividades de arte y cultura mexicana. Algunas de estas instituciones cobran comisiones para que los vendedores puedan tener acceso a sus patrocinadores. Por ejemplo, algunas iglesias les obligan a los vendedores a comprar un permiso y pagar una cuota mensual para poder operar en su recinto. Ante la lluvia de peticiones por parte de empresas ansiosas por tener acceso a los feligreses, estas iglesias se esfuerzan por vigilar las actividades comerciales de esos negocios. Los vendedores entrevistados durante el estudio indicaron que utilizaban las ganancias de sus ventas para apoyar a familiares ubicados tanto en Estados Unidos como en México. Esto confirma el efecto que tienen estas economías periféricas a nivel local y transnacional.
Los vendedores brindan más que artículos de consumo a la comunidad de inmigrantes. El dueño de un quiosco dedicado a la venta de licuados explicó al investigador cómo había ayudado recientemente a una mujer diabética a conseguir un sustituto para el azúcar. La mujer le había preguntado dónde podía comprar endulzantes artificiales como los que el vendedor tenía en el quiosco (la esposa del vendedor también padecía de diabetes). Según las notas del investigador, «[El vendedor] llegó a la conclusión de que la mujer había llegado recientemente de un rancho en México, porque no sabía dónde ir para comprar este tipo de cosas, así que le regaló la caja entera de endulzante». Este ejemplo sugiere que los vendedores mexicanos cuyo oficio exige mucho contacto con el público pueden servir de importantes puntos de contacto para inmigrantes mexicanos recién llegados a Chicago, ya que junto con las paletas de helado comparten información y, en algunos casos, recursos materiales.
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